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Archivo para Febrero, 2009

La infancia atrapada en el conflicto de Sri Lanka

Martes, 24 de Febrero de 2009 James Elder Sin comentarios
James Elder es Director de Comunicación de la oficina de UNICEF en Sri Lanka y nos cuenta cómo está afectando el conflicto en el norte del país a la infancia y qué está haciendo UNICEF para apoyar a los niños y a sus familias.

 Sennappu tuvo una fracción de segundo, un momento. Literalmente, un instante para cubrir con su cuerpo a su hija de 18 meses antes de que la bomba explotara. Su reacción llegó a tiempo para salvar la vida de su niña, pero Sennappu murió al instante.

Con el recrudecimiento del conflicto, ha aumentado el número de víctimas civiles. UNICEF ha estado llamando sistemáticamente tanto al Gobierno de Sri Lanka como al grupo armado rebelde de los Tigres de Liberación del Ealam Tamil para que den prioridad absoluta a la protección de los civiles. Y sin embargo, más madres como Sennappu continúan muriendo. Al igual que muchos niños.

La metralla y las balas son las principales causantes de heridas y muertes entre los niños y niñas. Algunos han sido evacuados y llevados a hospitales fuera de la zona de conflicto. Estos hospitales están saturados y tienen una escasez crítica de anestesia y medicinas básicas.

Un padre sostiene en brazos a su hijo, que se ha roto un brazo durante un ataque

Un niño con su padre en un campamento de desplazados del norte de Sri Lanka. El niño se rompió un brazo al saltar al interior de un bunker cuando atacaban su localidad. © UNICEF Sri Lanka/2009

El miedo, no la esperanza, define la infancia

“Cientos de niños han sido heridos en el conflicto y han sido evacuados durante la semana pasada”, dice el representante de UNICEF en Sri Lanka, Philippe Duamelle. “Los niños son víctimas de este conflicto al ser matados, heridos, reclutados, desplazados, separados y cuando se les niegan sus necesidades cotidianas por culpa de la lucha. En vez de la esperanza, es el miedo lo que define su infancia”.

UNICEF ha reiterado una y otra vez la llamada para que los niños reciban la máxima protección durante el conflicto y se les permita ir a áreas donde estén a salvo y reciban asistencia apropiada.

Afortunadamente, algunos ya están a salvo. UNICEF está atendiendo las necesidades de 35.000 personas que han podido abandonar la zona de Vanni, al norte del país. El apoyo de emergencia de UNICEF para estos niños y sus familias incluye decenas de miles de equipos de higiene, equipos de salud de emergencia, agua potable, letrinas, suministros nutricionales y material educativo. Al mismo tiempo, UNICEF está apoyando a los hospitales donde reciben tratamiento los niños heridos y proporciona apoyo psicológico y ayuda a los niños y niñas que han quedado separados de sus familias.

Muchos de estos niños a los que ahora apoya UNICEF han tenido que huir hasta 12 veces en el último año, escapando del conflicto. La familia de la señora Paskaran ha abandonado nueve sucesivos hogares desde enero de 2008. “La lucha se acercaba cada vez más y cada vez más gente moría”, me cuenta. “Mis hijos vieron a sus amigos muertos, pasaron días y noches en bunkers, estaban petrificados de horror. Pero ahora ya estamos lejos de eso”.

Aún hay decenas de miles de civiles en la zona de Vanni, incluidos un gran número de niños y niñas. Han quedado atrapados entre las facciones en conflicto y sufren graves recortes de alimentos, medicinas y agua potable. Muchos niños no han ido a la escuela durante casi un año. UNICEF sigue trabajando para llevar ayuda de emergencia en materia de agua y saneamiento, nutrición, educación y protección.

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Despedida

Viernes, 6 de Febrero de 2009 Inmaculada Sanchez Sin comentarios

El último día amanece lluvioso en Libreville, se aproxima la temporada de lluvias y aquí cae torrencialmente, como si el cielo se fuera a romper. Tememos por un momento que no podamos llegar al pueblo de pescadores, pero nos respeta el tiempo y visitamos a la familia de Sami, guiados por Michel, el chófer de UNICEF, que nos ha acompañado desde nuestra llegada. Sami es un ejemplo de cómo la educación de uno de sus miembros puede cambiar la vida de una familia, aunque su trayectoria, desafortunadamente, se vio truncada cuando el marido de su hermana sufrió un accidente que le impide pescar y Sami, como tantos niños en Gabón, se vio obligado a dejar la escuela para dar de comer a su familia. Quiere seguir estudiando, pero ir a la escuela supone un gasto en material del que la familia no dispone, de hecho ni el resto de familiares pequeños ni prácticamente ninguno de los 30 que viven en la misma comunidad van al colegio. Son familias inmigrantes, en su mayoría nigerianos, que viven de la pesca. Se nota y se huele. Tienen para comer pero no dan el paso a pensar que la educación en los pequeños es tan básica como el trabajo en los mayores. Y la inmensa mayoría no tiene ni una cosa ni la otra.

Dejamos el pueblo y volvemos a Libreville, nos esperan en el centro d´appel des Arcades, tutelado por el Ministerio de Trabajo. Es la línea verde, el teléfono de la esperanza para los menores víctimas de la trata, abierto de 8 de la mañana a 7 de la tarde ininterrumpidamente. El 77.00.99. está atendido por asistentes sociales, en cuya formación participa UNICEF. Desde que el servicio comenzó a funcionar hasta ahora el número de llamadas ha disminuido, no así el número de víctimas del tráfico. Según cuentan sus responsables, lo que ha ocurrido es que los traficantes actúan de manera bastante más encubierta. Los niños no están por la calle sino que trabajan en el interior de las casas. Por eso, tienen muy claro que deben continuar con las campañas de sensibilización, dando a conocer el servicio en todos los barrios. En el momento en el que reciben una llamada comienza el protocolo de actuación. Dan cuenta a la policía y los trabajadores sociales salen a buscar al menor, que en algunos casos se resiste; en otros se encuentran con que el traficante finge ser el padre. Una vez “rescatado” al menor, la mayoría de las detectadas son niñas, lo ponen en conocimiento de uno de los centros de acogida de Libreville. Allí el niño está mucho más cómodo porque se encuentra con otros niños en condiciones similares. Aunque llevan años con el servicio, cada caso encierra una historia complicada. La última, la de una niña de 11 años, de madre gabonesa y padre nigeriano, a la que encontraron paseando sola por las calles. Han visitado a la familia, pero ella no quiere volver a casa. Su hermano de tras años, está con sus padres.

En Gabón, la trata está considerada un crimen, no un delito, penado por la Corte Criminal, pero es muy difícil que ésta se reúna y que los traficantes sean castigados. Tal vez si hubiera una represión masiva se conseguiría el efecto disuasorio, pero no la hay, y el problema, aunque encubierto, continúa existiendo.

Además de formar a los trabajadores sociales, UNICEF financia sus viajes a los países de procedencia de los menores, para identificarles y hablar con sus contrapartes.

La última visita, no menos interesante, la realizamos a una clínica de prevención de la transmisión vertical. La sala de espera está repleta de mujeres, solas, salvo una que está acompañada por su pareja. En Gabón, no es frecuente que los hombres acompañen a sus mujeres al centro médico, tampoco a lo que podría trasladarse como el ginecólogo. En la clínica, la única de estas características que existe en Libreville, gestionada por la ONG local MGBEF (Federación Internacional para la Planificación Familiar), realizan revisiones prenatales, test del VIH/SIDA y ofrecen a las mujeres asesoramiento, en caso de resultar positivas. “Es entonces cuando les pedimos que sus parejas vengan a la consulta -nos cuenta Obono Assoumou, la doctora responsable del centro-, y entonces sí suelen acompañarlas”. Desde marzo de 2008, cerca de 1.000 mujeres se han hecho el test y más de 100 han dado positivo. En la clínica les proporcionan el tratamiento, a precios hasta 8 veces más bajos que en el hospital.

UNICEF colabora con ellos, al igual que con el resto de clínicas ubicadas en diferentes departamentos del país a través del apoyo al PMT a nivel gubernamental, además de financiar los reactivos y el tratamiento pediátrico. En la visita nos acompaña madame Noelle, la coordinadora nacional de PTME, que como nosotros lamenta que todo esto no haya podido filmarse y darse a conocer.

Volvemos a la oficina para mantener un último briefing de despedida con el representante, también con el resto de compañeros. Ha sido una semana intensa, llena de sensaciones, que formarán ya parte de nosotras para siempre.

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Miseria y esperanza

Jueves, 5 de Febrero de 2009 Inmaculada Sanchez Sin comentarios

Llegamos a la oficina agotadas, muchas sensaciones en un solo día. En la modesta sede de la ONG Lumière, nos entrevistamos con Margerite, su presidenta, a la que todos conocen como “mama Lumière”. En el año 2000, después de que muriera su padre, decidió poner su tiempo y su dinero a disposición de los niños huérfanos y vulnerables a causa del VIH/SIDA, después de que comprobara en el sepelio que una de las tres esposas de su padre, se quedaba sin nada, junto a sus hijos pequeños. Desde entonces, apoyada por otras ONG, como las que lideran el matrimonio Anguilé, ambos seropositivos, que son unos auténticos defensores de los derechos de los enfermos de SIDA, trabaja junto a un grupo de voluntarios para detectar a los niños en situación vulnerable, intentar que les acojan sus familiares y ayudar a estos en la medida de sus posibilidades. De momento, 20 familias han conseguido autofinanciarse, con la prestación altruista de “mama Lumière”. Por eso las familias la están tremendamente agradecidas, en medio de su miseria extrema. Con ella visitamos a la familia de Nguema, un joven de 30 años que vive junto a 21 miembros más de su familia, entre hijos y sobrinos, que han quedado huérfanos por el SIDA, en una habitación de apenas 15 metros, por la que pagan, a duras penas, 10.000 francos gaboneses, el equivalente a 15 euros al mes, que la mayoría de las veces, les cuesta reunir. Ahí duermen todos, 12 niños y 10 adultos, cocinan, cuando hay algo que cocinar y se asean. Nguema, el cheff de la familia, como se presenta, es profesor y trata de enseñar en la medida de lo posible a algunos de los niños que no van al colegio porque no hay dinero para conseguir material escolar para todos. Ahora trabaja como chófer, pero no hay trabajo todos los días. Así que no todos los días puede llevar comida a casa. A veces pasan hasta dos días sin nada que echarse a la boca, aunque procuran al menos haya algo de leche para los niños.

Unas 500 personas, según mama Lumière, viven en esta situación en la capital de Gabón, 300 en condiciones extremas. Es el caso de la otra familia de acogida que visitamos, una familia matriarcal, presidida por la abuela, que integran 28 miembros, la gran mayoría mujeres, 18 hijos (de los que tres han muerto a causa del VIH/SIDA y una está enferma) y 10 nietos, a los que la ONG les paga el colegio. Han preparado arroz para comer, lo compran a crédito, pero pueden pasarse hasta cuatro días sin probar bocado.

Al SIDA le llaman el mal, porque la enfermedad sigue siendo un tema tabú y cuesta llamarlo por su nombre. De entre las 50.000 y 60.000 personas que se estima que están afectadas en Gabón, no llegan a 10 las que lo reconocen abiertamente, como el matrimonio Anguile.

Para avanzar en el diagnóstico de los test y proceder al tratamiento, en el centro virológico de la Facultad de Medicina, se lleva a cabo un trabajo estupendo, en el que se cuenta con diferentes aparatos aportados por UNICEF. Nos recibe la directora, Angélique Ndjoyi, una gabonesa que estudió en Canadá y volvió a su país “porque aquí hay muy pocas personas que puedan ayudarles”.

No hay tiempo para la comida, en el Liceo Nacional Léon Mba nos espera un clase que ha preparado una sesión especial. Janvier y Dina, dos de los 82 jóvenes que recibieron el pasado septiembre la formación como pares educadores a través de UNICEF, exponen a sus compañeros la importancia del test del SIDA y tratan de echar por tierra falsos tabúes sobre esta enfermedad que aún para muchos de los presentes, es cosa de mayores. Este tipo de sesiones son tremendamente productivas, no sólo para ellos, sino por la repercusión que tiene también entre el entorno de los alumnos y sus familias.

Volvemos a UNICEF, cargadas de más emociones. Mañana nos espera un día intenso, el último en Gabón.

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Miradas que dan sentido a nuestro trabajo

Miércoles, 4 de Febrero de 2009 Inmaculada Sanchez Sin comentarios

Por fin hemos podido poner cara a los proyectos. Las esperas, la expectación, el trabajo diario, de repente toman sentido, con caras, nombres y apellidos, los de los beneficiarios de los dos centros que visitamos esta tarde, ambos apoyados por UNICEF Gabón. Sin cámaras, eso sí. Finalmente, la demora del permiso ha sido interpretada por la oficina como una negativa y Sandra y Carmen volverán esta noche a España.

En Arc en Ciel, el primero de los centros que visitamos, los niños nos reciben alrededor de una gran mesa, en la que realizan las actividades. Sor Rita Ada, hermana carmelita y directora del centro, sale a darnos la bienvenida, junto a Christofhe Deschand, el director adjunto que trabaja voluntariamente para el centro. Ambos hablan perfecto español y han preparado a los niños para que nos den las “buenas tardes”. El centro fue levantado en 1998 por Manos Unidas  y desde junio de 2008 se gestiona gracias a un convenio firmado entre la congregación de las hermanas carmelitas de la Caridad y UNICEF. Actualmente cuenta con 17 chicos y chicas, la mayoría varones, cada cual con una historia de vida poco afortunada. Algunos son más tímidos, otros no tienen ningún problema en contarnos cómo llegaron hasta Arc en Ciel. Frederic, con 16 años, es el más veterano. Lleva tres en el centro, después de pasar cinco años en las calles de Libreville. “Lavaba coches – nos cuenta-, me buscaba la vida como podía… Hacía de todo menos ir al colegio”, hasta que los educadores sociales le encontraron y le hablaron del centro. “Al principio tenía miedo, creía que eran policías, pero supe que mis amigos venían y pensé que no podía ser tan malo”. El centro funciona en buena medida gracias a los voluntarios, a un presupuesto variable y en todo caso insuficiente y a aportaciones como la que acaban de llevar tres niños de un colegio de la ciudad, para que Sor Rita compre galletas para el centro. Junto a la hermana, trabajan a diario, educadores, trabajadores sociales y psicólogos.

Muy cerca de Arc en Ciel está en centro de acogida la Esperanza, recién rehabilitado por UNICEF, para albergar a las niñas que no vuelven a dormir a sus casas. Hoy sólo está Rebeca, la semana pasada, sus dos compañeras del centro fueron repatriadas a sus países. Ella es de Libreville, la encontró Sor Rita de camino al consultorio médico, una madrugada de hace tres semanas. Aún está asustada, tiene una mirada profunda, de adulto, de esas que reflejan que ha vivido experiencias por las que no debería pasarse a ninguna edad, mucho menos una niña. El centro es, desde hace tres semanas, un oasis para ella.

Cogemos los coches y nos dirigimos a Agondje, a las afueras de la ciudad. De camino pregunto a Michel, el asistente de protección en UNICEF Gabón, cual es la diferencia entre ambos centros. Me pide que espere cinco minutos para verlo con mis propios ojos y efectivamente basta con que se abra la verja de entrada para darnos cuenta que Agondje es un hogar con más recursos, dependiente del Ministerio de Asuntos Sociales. El centro tiene dormitorios para los niños, para las niñas y para los bebés, refectorio, cocina, sala de actividades… Es un hogar en toda regla, capitaneado por el director, al que los residentes llaman “papá”; son una gran familia. No tienen personal suficiente, pero los más mayores ayudan a los más pequeños. Permanentemente, en el centro viven una enfermera, un educador y un trabajador social. Su día a día es devolver al niño la dignidad de serlo. La de Séfora, una niña que sufría malos tratos en su casa porque consideraban que estaba embrujada, es ayudarla a conseguir su sueño. “De mayor quiero ser médico -nos cuenta- para curar a los niños enfermos”.

Son casi las 6, hora de la merienda, los biberones de los bebés están preparados y para el resto, hay leche con chocolate y pan. Son niños privilegiados porque comen tres veces al día, van al colegio, están atendidos y, sobre todo, sienten lo más parecido al calor de un hogar, que en ocasiones deja bastante que desear… Les dejamos merendar tranquilos, aunque ellos no quieren que nos vayamos. Uno de ellos, de hecho, se ha montado en el coche para venirse con nosotros, nos promete que si hace falta hablará español.

Terminamos el miércoles, al filo de la medianoche, en el aeropuerto despidiendo al equipo de Telecinco. Es la nota agridulce de un día cargado de emociones.

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Larga espera

Martes, 3 de Febrero de 2009 Inmaculada Sanchez 1 comentario

El día ha transcurrido pendiente del teléfono y de la información permanente del representante de la oficina, a la espera de que llegara el permiso para filmar. Por la mañana, entrevista en la oficina con el responsable del centro de Agondje, de acogida de niños víctimas de la trata. Es puro dinamismo, desprende vitalidad y entusiasmo, parece que ha nacido para el centro, que comenzó a funcionar en 2001, gestionado por el Ministerio de Asuntos Sociales, con el apoyo de UNICEF. Estamos deseando visitarles. Pero a la tarde, tampoco tenemos noticias del permiso, así salimos a conocer algo más de la ciudad, guiados por Marcos. Libreville no da sensación de ciudad peligrosa, pero no es recomendable que las chicas extrajeras salgan solas, máxime si son blancas.

Por la noche, la oficina nos invita a cenar en el Yang Tse, un restaurante chino. Terminamos brindando por la infancia.

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